
Imagen: tres fotografías del satélite Sputnik I. La imagen central muestra el aspecto del ingenio abierto y desplegado, pudiéndose apreciar su relativa sencillez.
Detrás del éxito del Sputnik hubo un responsable cuyo esfuerzo permitió a la antigua URSS ser la pionera en el campo de la astronáutica e ir a la cabeza de la carrera espacial durante casi una década. Su nombre fue Serguéi Pávlovich Korolev (1907-1966), que puede ser considerado el equivalente soviético de lo que fue Wernher von Braun para los EEUU.
La vida de Korolev no fue fácil ni agradable. Si bien su enseñanza se centró inicialmente en la construcción, éste estaba mucho más interesado en la aviación y acabó realizando estudios superiores de aeronáutica, diseñando planeadores y llegando a volar en ellos durante la década de 1920, época en la que muy pocas personas podían permitirse surcar lo cielos. Esto no le quitaría de sufrir algún accidente que, si bien no le costaría la vida, sí que le dejaría algunas costillas rotas.
Imagen: Korolev asomando la cabeza, sentado en uno de sus propios aviones.
Durante su trabajo en la Oficina de Diseños Aeronáuticos obtuvo la licencia de piloto y comenzó a mostrar interés por los motores cohete de combustible líquido y por la posibilidad de enviar cohetes al espacio. De esa forma, pasaría a formar parte de un grupo de trabajo que realizaba estudios experimentales mediante propulsión a chorro (GIRD o Grupo de Investigación de Propulsión a Reacción), haciéndose jefe de dicho grupo en 1932. La progresiva complejidad de sus diseños y los exitosos lanzamientos de cohetes de combustible líquido atrajeron el interés de los militares, que fusionarían el GIRD con el RNII (Instituto de Investigación de la Propulsión a Reacción), en donde Korolev obtendría el puesto de subdirector. Su fama en ese círculo de trabajo ascendería notablemente, siendo una persona muy aceptada por sus compañeros, con alta motivación y plena dedicación al estudio. Allí nacería el trato con Valentin Glushko, ingeniero soviético interesado en la misma materia.
Imagen: integrantes del GIRD durante una de sus pruebas de lanzamiento de cohetes de combustible líquido.
A pesar de su ascendente carrera la vida de Korolev sufrió un gran revés cuando fue detenido y separado de su familia en el transcurso de las purgas estalinistas, para ser trasladado a un gulaj en Siberia. Sin derecho a juicio, fue recluido y golpeado hasta confesar y finalmente condenado a pasar una década en el campo de trabajo de Kolyma, uno de los peores lugares de detención de la URSS. Al parecer, había sido denunciado por Glushko -quien a su vez había sido detenido tres meses antes y forzado a hacer la acusación. La denuncia establecía que Korolev había estado involucrado en actividades subversivas, gastando grandes sumas de dinero en realizar estudios sobre aeronaves propulsadas mediante combustible líquido -ajenos a las prioridades del RNII- y gastando una excesiva cantidad de dinero. Junto a él, otros responsables del RNII fueron detenidos y la mayor parte de los líderes ejecutados, siendo prácticamente una casualidad que Korolev sobreviviese en un campo de trabajo en el cual morían más de 10000 prisioneros al año debido a la mala alimentación, a la extrema exposición al frío -en algunos casos, literalmente congelados- y al trato cruel que todos ellos recibían. La condena de ocho años en el campo de Kolyma dejó, no obstante, a Korolev traumatizado y enfermo: desarrolló problemas cardíacos, perdió varios dientes, sufrío una fractura en la mandíbula y padeció de escorbuto. Su carácter, desde entonces, se hizo desconfiado y muy reservado. Al ser conocedor no sólo de técnicas de ingeniería punteras, sino también de secretos militares, vivió varios años pensando que en cualquier momento sería asesinado o ejecutado para evitar que divulgase cualquier información.
Es fácil que Korolev hubiese acabado falleciendo si no fuese por el hecho de que su caso fue revisado. Esta revisión se debió principalmente a la invasión alemana en 1941 frente al hecho de que la URSS estaba quedándose sin líderes en los campos de la ingeniería militar debido a las purgas masivas. Aún así Korolev no obtuvo la libertad, sino que fue enviado a una cárcel asignada para científicos e ingenieros en la que trabajarían en los proyectos que se les fuesen asignando. En 1942 se le trasladó a otra prisión similar bajo la dirección de Glushko, también liberado del gulag poco antes que Korolev, siendo ambos puestos finalmente en libertad hasta 1944. La enemistad y desconfianza mutua entre Korolev y Glushko, nacida tras la acusación del segundo contra el primero, no se desvanecería nunca.

Imagen: prisioneros trabajando en las minas de oro, en el gulaj de Kolima (1934).
Tras este durísimo periodo, Korolev y Glushko ascenderían de grado y comenzarían a trabajar en el diseño y construcción de motores para cohetes, realizando un viaje a Alemania para obtener información sobre los misiles V-2 desarrollados por los nazis. Alemania había perdido la Segunda Guerra Mundial y tanto los aliados occidentales como la Unión Soviética estaban interesados en obtener el máximo de información posible acerca de los misiles desarrollados por Werner von Braun y su equipo, quienes se habían puesto a disposición del ejército estadounidense. En la URSS, Stalin consideraba una prioridad desarrollar un programa de misiles balísticos y utilizó a Korolev como diseñador principal, a cuyo cargo estaban varios científicos alemanes, todos ellos controlados en todo momento por Dimitri Ustinov. Durante un periodo de casi una década, el diseño original de las V-2 alemanas fue progresivamente modificado y mejorado: las primeras modificaciones (R-1, R-2 y R-3) tuvieron éxito parciales, pero los R-5 (con un alcance de poco más de 1000 km) y finalmente el R-7 (o Zemiorka) culminaría la transformación, convirtiéndose en un misil fiable y poderoso. En 1957, poco antes de que su R-7 realizase una prueba con éxito llevando una carga ficticia a más de 7000 km de distancia, el gobierno de la URSS admitiría que la sentencia que le obligó a permanecer casi una década en el gulag había sido injusta. Habían transcurrido cuatro años desde el fallecimiento de Stalin y la superpotencia se encontraba bajo el gobierno de Nikita Kruschev.
Imagen: las V-2 alemanas, armas mortíferas que serían estudiadas tras la Segunda Guerra Mundial para la construcción tanto de los lanzadores estadounidenses como soviéticos.
R-7 era el lanzador más avanzado del mundo en ese momento, aunque podría calificarse como un vehículo obsoleto para su función: el objetivo inicial para el que fue construido no estaba relacionado en absoluto con la astronáutica, sino con la carrera armamentística que se había puesto en marcha tras el inicio de la Guerra Fría entre las dos superpotencias del planeta (EEUU y la antigua URSS). Su finalidad era servir como misil balístico contra EEUU en caso de producirse un enfrentamiento armado entre ambos bloques, siendo capaz de transportar una cabeza nuclear. Con poco más de 31 metros de altura, este misil se consideraba poco útil como sistema armamentístico, debido a su alto coste de construcción y a la dudosa capacidad de que pudiese alcanzar con fiabilidad el blanco deseado en el continente americano, si bien su alcance era superior a los 6000 km. Aún así, se trataba de un sistema demasiado fácil de detectar -y destruir- para el enemigo y cuya preparación para el lanzamiento requería un mínimo de 20 horas, no pudiendo permanecer en espera una vez montado y cargado de combustible durante más de 24 horas.

Imágenes: a la izquierda, el aspecto del cohete R-7 durante su lanzamiento. A la derecha, una fotografía realizada por un satélite espía norteamericano de la serie Corona, que muestra la plataforma de lanzamiento del R-7 observada desde el espacio. La imagen se tomó durante los años ’60, en pleno apogeo de la carrera espacial. Como misil balístico, el R-7, era capaz de transportar una carga de una tonelada de peso hasta más de 6000 km de distancia. En teoría su objetivo era transportar una cabeza nuclear en el caso de una hipotética confrontación nuclear con los EEUU. Empleado con fines más pacíficos constituía una herramienta magnífica como vehículo de transporte para los primeros satélites artificiales. De hecho, otorgaría la supremacía a la antigua URSS en la carrera espacial durante finales de los años ’50 y principios de los ’60, permitiendo enviar al espacio ingenios orbitales de gran masa.
Imagen: Serguei Korolev, en pleno arranque de la carrera espacial.
Es en esta época cuando comienza a despertar el interés en enviar al espacio satélites artificiales: los EEUU ya habían anunciado que en 1957-58 podrían lanzar su primer satélite al espacio, lo cual supone en realidad un incentivo más para la URSS, deseosa de mostrar su supremacía espacial frente a los EEUU. Hay que señalar además que si bien los EEUU tenían intención de lanzar satélites artificiales, la labor no se consideró un objetivo prioritario para el gobierno del presidente Eisenhower, por el alto coste que conllevaría. Mientras tanto, Korolev aprovecharía para informar a Kruschev en 1956 de que los misiles R-7 no eran especialmente eficaces para la defensa, pero sí podrían resultar mucho más útiles como vehículos para transportar satélites artificiales. Esto contribuye al nacimiento el nuevo programa Object D, que sería el germen soviético de la carrera espacial.
El programa Object D tenía la finalidad de crear un laboratorio orbital complejo con un conjunto de instrumentos científicos a bordo capaces de medir la densidad y composición iónica de la atmósfera terrestre, estudiar la radiación solar y sus efectos en el campo magnético, así como obtener información acerca de los rayos cósmicos. Object D obtendría información también acerca de como el medio espacial afecta a sus propios componentes físicos o qué régimen térmico existía en su interior durante la misión. El objetivo de este satélite no sólo se centraba en obtener puramente datos científicos, sino también en convertirse en el primer ingenio con el que desarrollar un sistema de control para satélites y naves tripuladas más complejas.
El desarrollo de Object D, aprobado a principios de 1956, estaba previsto para los años 1957-1958 y consistiría en un objeto con una masa de superior a una tonelada métrica pero inferior a la tonelada y media. Resulta curioso pensar que en la planificación de esta misión no tripulada se valorase lanzar un objeto tan pesado, pero su masa máxima fue realmente calculada en base a la capacidad de transporte del misil balístico R-7, el lanzador que se emplearía para llevarlo a la órbita terrestre. De esta forma, se calculó que el equipamiento científico capaz de ser transportado a bordo de Object D no debía exceder los 300 kg.

Imagen: comparación entre los diferentes lanzadores de la antigua Unión Soviética derivados y evolucionados del R-7. De izquierda a derecha se muestran al R-7 original; el lanzador del Sputnik III; y los de las cápsulas Vostok (en la que viajó Yuri Gagarin), Voshod (siguiente generación de cápsulas para varios cosmonautas) y las actuales Soyuz.
Aún contando con un vehículo lanzador de gran potencia, una grandísima ventaja frente a los EEUU -cuyos cohetes estaban muy por debajo del R-7 en lo que se refiere a potencia y capacidad de carga- la planificación y construcción de este satélite no sería tarea fácil, teniendo en cuenta además la tecnología del momento y el hecho de que era la primera vez en la historia que se intentaba llevar a cabo este tipo de experimento. De esta forma, varias fueron las instituciones que se responsabilizarían de los diferentes componentes de Object D. Dirigida en el mayor absoluto de los secretos por la Academia de Ciencias de la URSS, los ministerios de Industria de Radio, Defensa y Construcción de Maquinaria se repartirían el desarrollo del armazón, sistemas de control de vuelo, giroscopios, sistemas de telemetría y comunicaciones, siendo el Ministerio de Defensa de la URSS quien se responsabilizaría del lanzamiento.

Imagen: la Comisión Estatal para el desarrollo del Sputnik, en 1957, formada por varios representantes soviéticos de la industria, diseño y militares. Esta comisión realizó sus funciones solamente durante la fase de pruebas del Sputnik y su finalidad era hacer de enlace entre los líderes soviéticos y los responsables del programa. En primer plano, de izquierda a derecha se encuentran Ivan Bulychev, Grigoriy Udarov, Aleksandr Mrykin, Mikolay Pilyugin, Mstislav Keldysh, Vasiliy Mishin, Leonid Voskresenskiy, Vasiliy Ryabikov, Mitrofan Medelin, Sergey Korolev, Konstantin Rudnev, Valentin Glushko y Valdimir Barmin. Al fondo, de pie, de izquierda a derecha: Aleksey Bogomolov, Pavel Trubachev, Viktor Kuznetsov, Anatoliy Vasilyev, Konstantin Bushuyev, Aleksandr Nosov, Ivan Borisenko, Aleksey Nesterenko, Georgiy Pashkov, Mikhail Ryazanskiy y Viktor Kurbatov.
Las mejoras y adaptaciones del R-7, trabajo dirigido por Korolev, se realizaron entre febrero y julio de 1956. En septiembre, el Presidente de la Academia de Ciencias de la URSS, Mstislav Keldysh, se reunía con Korolev para tratar el desarrollo del futuro programa de exploración espacial de la URSS. En éste se incluía el lanzamiento de un satélite capaz de efectuar transmisiones de radio desde la órbita terrestre, el primer vuelo orbital de un animal -concretamente un perro- y la primera misión que fotografiaría la cara oculta de la Luna.
El lanzamiento del primer satélite no sería llevados a la práctica hasta un año después. Y de hecho, no sería Object D el primero en volar al espacio, pues un proyecto tan ambicioso tendría más probabilidades de fracasar. Object D tampoco tendría que esperar mucho, pues sería conocido más adelante con otro nombre: Sputnik III. Pero dado entre los requisitos científicos y políticos del proyecto no se encontraba la palabra "fracaso", se optó por construir un satélite más pequeño, con menos capacidad de transportar instrumental científico, pero más manejable y con mayores posibilidades de éxito. Su nombre, Sputnik, sería difícilmente olvidado.
Imagen: esta llave es la única pieza existente del Sputnik 1 en nuestro planeta. Nunca fue lanzada al espacio, pues su finalidad era evitar el contacto entre las baterías y el transmisor antes del lanzamiento. Actualmente se encuentra expuesta en el Museo Nacional del Aire y el Espacio (Washington DC, EEUU).
El pequeño satélite Sputnik ("compañero"), tenía un aspecto esférico, 83 kg de masa y 58 cm de diámetro. El ingenio tenía un diseño muy sencillo, pues contaba con dos transmisores de radio que emitían una señal continua a la Tierra gracias a la alimentación de sus baterías. Las señales, de 20,007 y 40,002 MHz podrían ser escuchadas desde cualquier lugar del planeta con un receptor de radio, hecho que posteriormente serviría a los científicos de varios países -no sólo de la antigua Unión Soviética- para estudiar la densidad de electrones y la propagación de las ondas de radio en la ionosfera. Debido a que la órbita del satélite sobrevolaría repetidas parte de todos los continentes del planeta, podría ser detectado desde multitud de lugares.
Imagen: un grupo de londinenses intentan localizar el Sputnik durante la noche del 5 de octubre de 1957. El satélite, con un brillo entre magnitud 4 y 5, podía ser observado en el cielo limpio y oscuro en ausencia de luces artificiales.
El trabajo para poner este sencillo satélite en la órbita terrestre fue muy laborioso y necesitó meses de dedicación, pero finalmente, el 4 de octubre de 1957 sería la fecha que quedaría escrita en los libros de historia: el cohete R-7 llevó el ingenio hasta la órbita terrestre a la perfección, anunciando la Unión Soviética su lanzamiento pocas horas después. El efecto de este éxito fue absolutamente devastador: el planeta entero permaneció asombrado ante la proeza; en EEUU se extendió el pánico, pues si bien la URSS había informado sobre la puesta en órbita del Sputnik, ningún detalle más se había ofrecido acerca de las características del ingenio ni las funciones que éste realizaba. Las diferentes estaciones de seguimiento en tierra podían recoger las señales que emitía el satélite y obtener datos científicos a partir de las mismas, pero cualquier otra pregunta relativa al Sputnik no tenía respuesta. Entre los círculos científicos y sobre todo políticos se llegó a temer durante las primeras semanas que junto al satélite pudiese viajar una bomba de hidrógeno o que éste portase instrumentos dedicados al espionaje. Y aún tratándose solamente de un pequeño satélite, este éxito significaba que la URSS estaba más que perfectamente preparada para poder lanzar cabezas nucleares a cualquier punto del planeta o situar armas nucleares en la órbita terrestre.

Imagen: portada del periódico The New York Times que anuncia el lanzamiento del Sputnik. En la cabecera de la noticia se lee "Los soviéticos lanzan un satélite terrestre al espacio. Gira en torno al planeta a 18 000 millas por hora. El objeto ha sido seguido durante cuatro pasos sobre los EEUU.". Bajo la imagen en la que se aprecia el globo terráqueo y la órbita del Sputnik, se indica: "El ingenio es ocho veces más pesado que el diseñado por los EEUU."
Imagen: una viñeta publicada en un periódico estadounidense en el que se critica la complacencia tecnológica de los EEUU frente a la URSS, que fuera de todo pronóstico adelantó a los estadounidenses al iniciar la carrera espacial.
Sputnik recorría una órbita con 214 km de perigeo y 938 km de apogeo cada 90 minutos de tiempo. Emitió señales durante tres semanas hasta que sus baterías se agotaron, pero el satélite sobrevivió casi tres meses después de su lanzamiento. Debido al rozamiento con las capas más altas de su atmósfera su distancia de perigeo fue progresivamente disminuyendo, acercándose poco a poco cada vez más a la Tierra. Acabaría reentrando en la atmósfera terrestre el 3 de enero de 1958, incinerándose y destruyéndose para siempre tras más de 400 órbitas completadas, pero ocupando un lugar clave en la historia y dando un buen impulso a la Humanidad para realizar sus primeros viajes al Espacio.

Imagen: esta escena simboliza al responsable del éxito Soviético, Serguei Korolev, ante una Plaza Roja de Moscú vacía. La URSS ocultó durante todo el desarrollo del programa espacial la identidad del ingeniero jefe del mismo, debido al temor de que los enemigos occidentales pudiesen asesinarlo o raptarlo para obtener información sobre el desarrollo del programa espacial de la URSS. De hecho, ni la propia familia de Korolev supo cuál fue su responsabilidad hasta después de su fallecimiento, en enero de 1966.